El movimiento guerrillero antifranquista

Nota – Extracto del texto publicado como Anejo 2 en el documento elaborado en 1977 por el Partido Comunista de España (marxista-leninista) en uno de sus “Cuadernos para el IIº Congreso” titulado “Algunas cuestiones acerca de la lucha armada, la insurrección y la guerra popular” , Ediciones Vanguardia Obrera, Madrid 1977, pp. 19-20. La transcripción de este texto la ha realizado Gran Marcha Hacia el Comunismo. Abril 2013.
El movimiento guerrillero antifranquista tuvo sus raíces en la resistencia de las masas y los restos del Ejército Republicano que iban quedando aislados en las zonas ocupadas por las hordas nazifranquistas durante nuestra Guerra. Tras la derrota de 1939 estos núcleos se ven reforzados por miles de combatientes que prefieren echarse al monte que ser asesinados por los franquistas, y sus acciones se desarrollan lo largo de toda la II Guerra Mundial. El movimiento se refuerza y cobra una magnitud nueva en los años 44-45 como consecuencia de la derrota del Eje y se mantiene oficialmente hasta 1951, aunque los últimos guerrilleros que caen en combate lo hacen en los años sesenta.
Las cifras publicadas, de origen franquista, dejan traslucir la magnitud histórica del movimiento guerrillero: 25.000 combatientes; unas 6.000 bajas en sus filas (muertos y heridos registrados por el enemigo); 20.000 detenciones entre 1943 y 1952, bajo acusación de colaborar con la guerrilla; 10.000 acciones armadas; unas redes de apoyo entre las masas que sumarían más de 100.000 personas activas, …
No nos corresponde en este “Cuaderno” hacer un balance detallado del movimiento guerrillero pero sí creemos, y así lo proponemos, que tal balance sobre la última gran experiencia de lucha armada de nuestro pueblo es necesario realizarlo de manera urgente.
Cabe señalar, no obstante, que las causas subjetivas de la liquidación de este movimiento hay que buscarlas no en la falta de combatientes, no en un estado de ánimo negativo de las masas, sino en las posiciones oportunistas que iban ganando terreno, desde nuestra guerra, en el seno de la Dirección del viejo Partido Comunista. Posiciones que condujeron a no superar los errores cometidos durante la Guerra, a perder la perspectiva de la conquista del Poder sobre la base de la lucha revolucionaria prolongada, a no luchar porque las decenas de miles de combatientes españoles en la Resistencia contra el nazismo desempeñaran un papel independiente al servicio de la liberación de España del yugo franquista, a ocultar la grave situación del Partido tras la derrota de 1939, a confiar en las grandes potencias imperialistas aliadas, etc.
Dolores Ibárruri, en el Informe al V Congreso del viejo Partido celebrado en 1945, apunta, entre otros errores:
“No entró en nuestras consideraciones, o se planteó muy ligeramente en nuestras discusiones, la necesidad de organizar el trabajo del Partido en las condiciones de reflujo del movimiento revolucionario en las perspectivas de una posible derrota.
E incluso después de la derrota faltó el análisis de la situación y de la orientación sobre el trabajo de organización del Partido en un periodo en que teníamos que replegarnos y en el que planteaban a nuestros cuadros y militantes cuestiones totalmente nuevas para las cuales no estaban preparados y sobre las que no tenían ninguna experiencia (…)
No aceptamos, a pesar de hallarnos ante ella, la realidad de la terrible derrota y no comprendimos la necesidad de trabajar en las condiciones de repliegue, de ahorrar fuerzas a fin de mantenernos largo tiempo, a fin de no cesar la lucha contra la tiranía franquista, a fin de luchar no sólo durante unos meses y unos años, sino hasta el derrocamiento del franquismo, hasta la victoria de los trabajadores.
El descontento en que se halló el Partido en ese primer periodo tan difícil y complicado de la derrota contribuyó a la desorganización del Partido; (…)”
Ibárruri reconoce también que:
“En nosotros había prendido en cierta manera, aunque no se manifestase de una forma abierta, la idea tan extendida en los medios republicanos, de la posibilidad de la ayuda de las potencias que lucharon al lado de la Unión Soviética por restablecer la República y la democracia en España. Es verdad que esta idea no cuajó en resoluciones políticas, pero que ella influía en nuestra actividad, no cabe ninguna duda”.
Más la verdad es que estos apuntes autocríticos, con ser correctos, sirvieron ya entonces a Ibárruri, Carrillo y toda el ala oportunista de la vieja Dirección para encubrir errores mayores, para encubrir toda una línea.
Y una de las cosas que ya entonces encubrió Ibárruri es precisamente el movimiento guerrillero, que en el Informe se salda con dos frases, es decir, se evita. Años después, en la “Historia del Partido Comunista de España” (1960), la camarilla revisionista vuelve a evitar el “espinoso” tema, al que le dedican algunas líneas pero refiriéndose tan solo al periodo anterior a 1944-1945, dejando traslucir que la Dirección del viejo Partido no consideraba a este movimiento más que como un instrumento de presión de la política del Partido que entonces había limitado sus objetivos a la “lucha contra la entrada de España en la Guerra” y había adoptado una política en la que no aparecía para nada la preparación revolucionaria para el asalto a loa ciudadela franquista. Por lo que respecta al movimiento guerrillero entre 1944 y 1952, la “Historia …” redactada por los revisionistas le dedica tres línea. Una forma como otra de enterrar el tema.
El estudio de todo este periodo y sin perjuicio de que se pueda profundizar en el mismo nos lleva a asegurar que el movimiento guerrillero antifranquista surgió por abajo, espontáneamente, al calor de toda una serie de condiciones favorables, tanto objetivas como subjetivas. Dicho movimiento fue impulsado principalmente por los cuadros comunistas, cuadros forjados en dos guerras; por su lado, la Dirección del viejo Partido se limitó a secundar la corriente que demandaba proseguir el combate mientras no pudo adoptar una posición abiertamente liquidadora hacia las guerrillas. Durante un periodo hizo como si se identificase con la línea de proseguir la lucha armada, en la que ya no creía, y a la que jamás en este periodo insertó en el marco de una alternativa revolucionaria, para posteriormente “cambiar de táctica” en 1948, es decir, proceder a su liquidación oficial.
La liquidación oficial del movimiento guerrillero (“Cambiar el fusil por las alpargatas”, según la consigna de Ibárruri) se encubrió argumentando que había que proceder a un trabajo de masas en profundidad. Dicho trabajo de masas se contrapuso al movimiento guerrillero, como si uno excluyera al otro. Se especuló también con la traición de los viejos líderes republicanos, socialdemócratas, anarquistas, bastantes de los cuales se habían convertido, efectivamente, en instrumentos del anticomunismo y de la guerra fría al servicio objetivo del imperialismo norteamericano. Pero si esto era cierto, también es cierto que el Partido Comunista jamás puede hipotecar su acción a los vaivenes de dichos líderes sobre todo si, junto a los que habían degenerado vergonzosamente se mantenían en posiciones de combate muchos otros dirigentes de gran prestigio (Álvarez del Vayo, Lamoneda, González Peña….) para movilizar a los sectores de las masas influidos por dichas corrientes.

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