Dimitri Manuilski – Engels en la lucha por el marxismo revolucionario (y III)

Nota – Extracto del discurso titulado Engels en la lucha por el marxismo revolucionario pronunciado por Dimitri Manuilski en la sesión del 5 de agosto de 1935 en el VII Congreso de la Internacional Comunista celebrado en Moscú. Dimitri Manuilski, fue uno de los más destacados dirigentes de la Internacional Comunista, de cuyo Comité Ejecutivo y Presídium, lo mismo que del Comité Ejecutivo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, fue miembro desde 1924. El texto ha sido tomado del libro VII Congreso de la Internacional Comunista, Cuadernos de Pasado y Presente, Siglo XXI Editores, México D.F. 1984, pp. 228 – 240. Presentamos ahora la tercera y última parte. La transcripción de este discurso la ha realizado Gran Marcha Hacia el Comunismo. Abril 2013.

II. JEFE DEL PROLETARIADO Y MAESTRO DE TÁCTICA PROLETARIA

Engels no era solamente un formidable teórico del proletariado. Al igual que Marx, era, ante todo, un revolucionario. Como en Marx, el verdadero elemento de Engels era, ante todo, la lucha, una lucha tenaz consecuente, apasionada, por el comunismo.
Primera mitad de la década de los 40. El joven Engels extiende las alas. Rompe con el medio filisteo, cristiano-prusiano, se abre camino hacia el socialismo proletario. Traba conocimiento con Marx. Queda sellada su alianza de lucha, la gran amistad entre los dos genios del comunismo proletario. Juntos organizan y encabezan la Liga de los Comunistas; juntos elaboran el famoso Manifiesto del Partido Comunista, el primer documento programático del comunismo internacional.
Revolución de 1848. Engels forma en las filas de la Nueva Gaceta Renana, donde, con Marx, apoya a la extrema izquierda de la democracia, poniendo implacablemente al desnudo sus vacilaciones y defendiendo los intereses especiales del proletariado en la revolución burguesa.
Año 1860 y siguientes. Se forma el primer partido proletario internacional, la I Internacional, en cuya labor toma Engels, con Marx, la parte más activa. En la I Internacional, las teorías de Marx y Engels obtienen un triunfo decisivo sobre todos sus adversarios.
La Comuna abre una nueva época en la historia de la humanidad. Surgen nuevas tareas: pasar a la creación en los distintos estados, de partidos proletarios de masas, sobre cuyo desarrollo ejerce Engels una influencia decisiva.
Ya en 1846, a los veintiséis años, Engels formulaba con una precisión asombrosa las tareas de los comunistas:
“1] Hacer valer los intereses delos proletarios por oposición a los de los burgueses. 2] Hacerlo por medio de la abolición de la propiedad privada y su sustitución por la comunidad de bienes. 3] No reconocer otro medio para llevar a cabo esto propósitos que la revolución democrática violenta”. (1)
Muchos años después, Engels decía:
“Queremos la abolición de las clases. ¿Cuál es el medio para alcanzarla? La dominación política del proletariado […] Pero la revolución es el acto supremo de la política; el que la quiere, debe querer el medio, la acción política que la prepara, que proporciona a los obreros la educación para la revolución y sin la cual los obreros, al día siguiente de la lucha, serán siempre engañados por los Favre (2) y los Pyat (3) […] el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de cualquier partido burgués, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia” (4).
Y al servicio de estos objetivos se consagró toda la lucha de Engels, lucha que duró medio siglo.
Lo que caracteriza a Engels como político de la clase obrera fue formulado con precisión por Lenin:
“[…] una comprensión profundísima de los fines radicales, de transformación del proletariado y una determinación extraordinariamente flexible de las tareas concretas de la táctica, desde el punto de vista de los fines revolucionarios y sin hacer la más leve concesión al oportunismo, ni a la fraseología revolucionaria”. (5)
En adelante, quiero detenerme con algún detalle en Engels como maestro de táctica proletaria. Para nuestros partidos, para la dirección de nuestras secciones hay mucho que aprender en los brillantes ejemplos, modelos de arte táctico, del gran generalísimo delo proletariado.
Del rico tesoro de tesis tácticas elaboradas y aplicadas por Engels durante su actuación práctica, tocaré solamente algunos problemas que guardan una relación directa con la tarea central del VII Congreso: la tarea de preparar y organizar a la clase obrera y a todos los trabajadores para las luchas decisivas.
En tiempos de Engels había no pocas gentes, como las hay también hoy, que no concebían la revolución proletaria de un modo dialéctico, sino de un modo mecánico: en un campo, los revolucionarios consecuentes, “puros”; en el otro, la masa reaccionaria compacta. Nada de cambios en la correlación de las fuerzas de clase, pues todas las clases ocupaban de una vez para siempre la posición que se les había reservado en el esquema revolucionario; nada de capas intermedias vacilantes, pues todas ellas se hallaban clasificadas de antemano en el catálogo de la reacción; nada de vanguardia y reservas, pues todas ellas representan la masa revolucionaria compacta; nada de masas que se acercan solamente a la revolución, pues estas masas se hallan ya incluidas de antemano en el campo de la vanguardia revolucionaria; nada de etapas en el desarrollo de la lucha revolucionaria, pues las masas han sido trasladadas por un camino escabroso a la categoría de la clase superior “de la lucha final”; nada de labor cotidiana del partido revolucionario para instruir y preparar a las masas para la lucha, pues las masas esperan solamente la ocasión para lanzarse a la batalla bajo la dirección de los caudillos archirrevolucionarios; nada de preparación organizativa que acelere el desarrollo del movimiento, pues la fuerza elemental de este movimiento trabaja a favor nuestro. A este tipo de gente se refería Engels cuando se burlaba del siguiente esquema del desarrollo de la revolución:
“Todos los partidos oficiales unidos aquí en un montón, y allí los socialistas en una columna; gran batalla decisiva, triunfo en toda la línea con un solo golpe. En la realidad, las cosas no ocurren de un modo tan sencillo. En la realidad, la revolución comienza, por el contrario … cuando la gran mayoría del pueblo y con ella los partidos oficiales que todavía son posibles, se echan a pique entre sí unos a otros, y unos tras otros, solo entonces se establece la gran divisoria… y con ella la probabilidad de nuestra dominación. Si nos empeñásemos… en comenzar la revolución sin más por el último acto, lo pasaríamos lamentablemente mal”. (6)
Esta brillante tesis de Engels sobre el curso y el desarrollo de la revolución es desenvuelta con mayor claridad y de un modo más completo por Lenin a la vuelta de tres décadas:
“Creer que la revolución social es concebible sin levantamiento de las pequeñas naciones en las colonias y en Europa; sin estallidos revolucionarios de una parte de la pequeña burguesía con todos sus prejuicios, sin el movimiento de las masas proletarias y semiproletarias inconscientes contra el yugo de los terratenientes, de la iglesia y de la monarquía, contra el yugo nacional, etc.; creer esto, significa renunciar a la revolución social. Parece que en un sitio se congregara un ejército y declarase: `Nosotros luchamos por el socialismo´ y en otro sitio otro que declarase: `Nosotros luchamos por el imperialismo´, ¡y esto será la revolución social! [….] Quien espere una revolución social `pura´, jamás asistirá a ella. No será más que un revolucionario de palabra, que no comprende la verdadera revolución”.
Y más adelante:
“La revolución socialista, en Europa, no puede ser más que una explosión de la lucha de masas de todos y cada uno de los oprimidos y descontentos. En ella, tomarán parte infaliblemente sectores de la pequeña burguesía y de los obreros atrasados –sin semejante participación, no es posible una lucha de masas, no es posible ninguna revolución- y no menos infaliblemente aportarán al movimiento sus prejuicios, sus fantasías reaccionarias, sus debilidades y sus errores. Pero, objetivamente, atacarán al capital, y la vanguardia consciente de la revolución, el proletariado avanzado, dando expresión a esta verdad objetiva de la lucha multiforme, desarmónica, abigarrada y exteriormente dispersa de las masas, sabrá unificarla y orientarla, conquistar el poder, tomar posesión de los bancos, expropiar los trust, odiados por todos (aunque sea por motivos diferentes), y llevar a cabo otras medidas dictatoriales que, en conjunto, representan el derrocamiento de la burguesía y el triunfo del socialismo, triunfo que no `se limpiará´ de golpe ni mucho menos, de todas las escorias pequeñoburguesas”. (7)
(…) toda nuestra experiencia ha confirmado reiteradamente que un partido que arranca de ideas simplistas, ingenuas, sobre la revolución, es incapaz de desempeñar el papel de organizador y jefe. No hay nada más peligroso para un partido vivo y de lucha que las fórmulas sin vida, preparadas de antemano y obtenidas por vía especulativa; estas fórmulas encubren la multiplicidad viva y abigarrada de las condiciones y formas de lucha.
Es falso pensar que la revolución se desarrollará en línea recta como flecha disparada sobre el blanco, que en el proceso revolucionario en curso de maduración no hay retraso, interrupciones, retrocesos, para volver luego a avanzar con mayor fuerza. (…)
Engels atravesaba con su mirada al pequeñoburgués que, bajo docenas de disfraces diferentes, intentaba atrincherarse en el movimiento obrero, debilitándolo y desorganizándolo. Marx y Engels, con puntería mortal y sarcasmo inimitable, arrancaban la careta a estos buenos burgueses, que ocultaban bajo su bondad desembarazada todos los pequeños gestos y trucos del filisteo. Este buen burgués puede permitirse a toda clase de vilezas, pues cree que es vil “honradamente”.
“La misma necesidad es un mérito, pues es una prueba palmaria de la bondad de las intenciones. Detrás de cada segunda intención abriga el convencimiento de su honradez interior, y cuanto mayor es su designio de cometer una falsedad, una porquería mezquina, con mayor sinceridad y confianza puede comportarse […] Este buen burgués es un `albañal´ en el que confluyen maravillosamente todas las contradicciones de la filosofía, de la democracia y de la fraseología en general” (8).
Defendiendo el marxismo revolucionario, Engels pulveriza a los reformistas alemanes, a los posibilistas franceses, a los fabianos ingleses, pulveriza a los ultraizquierdistas, y al mismo tiempo crítica y corrige, con una paciencia y firmeza extraordinarias, los errores oportunistas de los jefes de los partidos proletarios, de hombres del tipo de W. Liebknecht y Bebel, Lafargue y Guesde.
Esta lucha incansable contra el oportunismo, y en particular contra la disposición conciliadora para con él, le valió por parte de algunos de los jefes atacados el título de “el hombre más grosero de Europa”. Y este apasionamiento de Engels, este saber ser “grosero” por la causa del partido, por la causa de la revolución, es cosa que todos tenemos que aprender de él.
Nadie quiso tanto como Engels la cohesión de la vanguardia proletaria en las filas de un partido obrero único. La quería como la queremos hoy nosotros, pero veía y sabía también que la unificación hecha sobre una base sin principios debilita a la clase obrera. ¿Qué se consigue con mantener al proletario en las filas de un partido de masas, si esto lo arrastra hacia la colaboración con la burguesía? En 1882, Engels saluda la escisión producida en el partido obrero de Francia con Malón y Brousse, que renunciaban a la lucha de clases, sacrificaban el carácter proletario de clase del movimiento y hacían inevitable la ruptura.
“Perfectamente –dice-, la unidad está muy bien mientras puede mantenerse, pero hay cosas que están por encima de la unidad” (9)
(…) Pero esta unidad sólo podrá conseguirla un partido que conquiste con su creciente actividad la confianza de las masas, un partido que supere el esquematismo y el simplismo en el modo de abordar los movimientos de masas. Por un partido de esta índole luchó Engels. Engels fustigaba implacablemente la pasividad y la inacción como una de las formas más dañinas del oportunismo. En su correspondencia con los líderes obreros, no se cansó de repetir: “el partido debe actuar bajo todas las circunstancias; intervenir en toda la vida política del país; aprovechar todos los hechos de la política interior y exterior como otras tantas ocasiones para acciones enérgicas; estar con las masas siempre y en todas partes, en todo momento; lanzar a tiempo consignas verdaderas de lucha, que emanen de las mismas masas, reemplazándolas por otras nuevas a medida que se acreciente el movimiento”; he ahí la norma táctica fundamental en que Engels insiste respecto al partido del proletariado.
Un partido que vive en el círculo estrecho, cerrado de sus correligionarios, que permanece al margen de lo que mueve al pueblo, que no sabe enlazarse a lo que en un momento dado agita a las masas, que no sabe generalizar en consignas precisas, accesibles, las quejas y las esperanzas del pueblo; semejante partido no puede saber ponerse a la cabeza de los movimientos de masas.
Engels se revuelve con especial aspereza contra los que fallan en el momento decisivo de la lucha de masas. A este propósito, Engels dice francamente que el partido que deja escapar ese momento decisivo sin intervenir en él, quedará enterrado por algún tiempo.
La pasividad y la inacción, enmascaradas con frases “izquierdistas”, se envuelven frecuentemente, en la práctica, con el manto de un juego a la conspiración, a la creación de organizaciones clandestinas, encerradas en sí mismas y que degeneran en un carbonismo ajeno al espíritu del partido obrero. De otro lado, el cretinismo parlamentario, el adaptarse a todo trance a la legalidad burguesa, el negar la importancia de las formas ilegales de la organización, el miedo a la violencia, paraliza a su vez la capacidad combativa de la clase obrera.
Engels lucha contra las manifestaciones de ambos tipos de pasividad. Enseña a los partidos proletarios a utilizar en todos sus aspectos la legalidad burguesa en interés de la concentración de fuerzas de la clase obrera, con el fin de prepararlas para la lucha por la dictadura del proletariado, convirtiendo así la legalidad burguesa en un arma de lucha contra la burguesía. Desenmascara el conspiracionismo bakuninista-blanquista, del que se aprovecha la policía internacional contra las organizaciones obreras, y recomienda a éstas ser particularmente vigilantes respecto a los espías y agentes provocadores que se deslizan en sus filas. Y, al mismo tiempo, no escatima los goles dirigidos a aquellos socialdemócratas que, buscan favores del gobierno, proclaman que el partido obrero no es el partido de la violencia revolucionaria.
“Hablar mal de la violencia, como de algo detestable de por sí, cuando todos sabemos que, en fin de cuentas, sin violencia no puede hacerse nada”” (10)
Engels insiste en que los revolucionarios proletarios deben valerse de todas las formas de lucha contra el enemigo de clase. Y el partido de los bolcheviques, bajo la dirección de Lenin y Stalin, convirtió estas indicaciones de Engels en una experiencia grandiosa de veinticinco años de combinar las formas legales e ilegales de trabajo, experiencia que, como es sabido, sirvió de base a los acuerdos del II Congreso de la Internacional Comunista en materia de organización.
¿Acaso nuestras secciones han utilizado hasta el último extremo estas indicaciones y esta experiencia? No, no las han utilizado. Muchos camaradas están convencidos de que, bajo las condiciones del terror fascista, no hay margen para establecer asideros “legales” en el trabajo, para que el movimiento obrero salga a la luz del día, abiertamente, para desplegar una extensa lucha de masas. Sin embargo, el fascismo se ve obligado a crear una base de masas, a construir sus propias organizaciones de masas, a recurrir a la demagogia social. Y esto impone a los comunistas la tarea de penetrar en las organizaciones fascistas de masas, de volver la demagogia social del fascismo contra la dictadura fascista, y de este modo minar la base social del fascismo. No es posible abrirse paso entre las masas sin una labor cotidiana, sistemática, dentro de las organizaciones fascistas de masas, sin combinar los métodos legales e ilegales de trabajo.
Al mismo tiempo, es falso pensar que en los países de movimiento obrero legal no necesitamos para nada las organizaciones ilegales. El terror patronal desplegado en todos los países nos obliga a formar células en las empresas de un modo ilegal. La exacerbación de la amenaza fascista impone a los partidos comunistas “legales” el deber de tomar todas las medidas para el caso de que tengan que pasar a la ilegalidad, para no repetir los errores de los partidos italiano y alemán. Hay que tener presente que el movimiento del frente único “legaliza” de por sí a los partidos comunistas más perseguidos y acosados, que la lucha de masas saca a flor de tierra hasta las organizaciones más profundamente conspiradoras.
Una de las modalidades de aquel esquematismo y aquel simplismo contra los cuales luchó Engels consiste en aplicar mecánicamente los principios tácticos fundamentales sin tener en cuenta la peculiaridad de las condiciones de cada país de por sí.
Somos un partido mundial del proletariado, un partido construido sobre las bases de una auténtica unidad política y organizativa, un partido que compendia y generaliza toda la experiencia del movimiento obrero mundial, un partido que posee una táctica realmente internacional, basada en la unidad de los intereses del proletariado de todos los países. Pero está táctica internacional no pasa, ni mucho menos, por alto las diferencias condicionadas por las particularidades del desarrollo de cada país. El internacionalizar la experiencia del movimiento obrero mundial no significa elaborar patrones aplicables por igual al movimiento obrero de todos los países. El que crea que basta con llevar en el bolsillo unas cuantas fórmulas preparadas, para medir por el mismo rasero todo el movimiento obrero mundial, no internacionaliza el movimiento obrero, sino que lo hace congelarse y entorpece su desarrollo.
Engels era la figura clásica del jefe verdaderamente internacional, que poseía a la perfección el secreto de combinar acertadamente el carácter internacional de nuestro movimiento comunista con la apreciación de sus particularidades nacionales. Estaba íntimamente ligado al movimiento obrero alemán y conocía también magníficamente, en todos sus detalles, el movimiento obrero francés; desde 1844, había participado activamente en las luchas del proletariado inglés y estudiaba muy a fondo el movimiento obrero norteamericano (pasó, además, algún tiempo al otro lado del océano) y conocía extraordinariamente bien las condiciones y la marcha de las luchas proletarias en Italia y en los países pirenaicos y se interesaba profundamente por el movimiento revolucionario de Rusia y de los países eslavos del oeste y del sur.
Este conocimiento profundo de la situación en los distintos países era precisamente lo que permitía a Engels dirigir acertadamente los partidos obreros de estos países, ser un verdadero jefe y organizador de la Internacional proletaria.
“La emancipación del campesino italiano –escribía Engels a Bovio- no se llevará a cabo en la misma forma que la del obrero fabril inglés; pero cuanto más se valgan, tanto el uno como el otro, de las formas adecuadas a sus condiciones, más corresponderá a esto la esencia de la cosa”. (11)
Tales son las importantísimas indicaciones tácticas de Engels, vistas a la luz de nuestra gran época, a la luz de las tareas que tiene planteadas nuestro congreso.
Engels nos han enseñado a abordar, para fijar nuestra táctica, los procesos revolucionarios vivos en la vida de los pueblos, no con esquemas sacados de la cabeza, con pautas preparadas de antemano, sino sobre la base de un estudio profundo, dentro de cada país de por sí y en cada momento dado, de la distribución de las fuerzas de clase, del cálculo de la situación de cada clase por separado y de cada grupo dentro de ella, del estudio del conjunto de las contradicciones de clase y de los modos como el proletariado puede utilizar, sin perder de vista el obligado cálculo de la situación internacional en su conjunto.
Engels nos han enseñado a ser un partido de lucha, de acción, y a saber encontrar, lo mismo en los momentos de ascenso de la ola del movimiento que en los momentos de su reflujo temporal, aquel algo particular que mueve a las masas de un modo vivo y permite al partido ensanchar y fortalecer su contacto con la clase obrera y los trabajadores; no limitarse a incorporar al movimiento después de que éste ya ha empezado, sino prepararlo, encabezarlo, contestar a cada acontecimiento que agita a las masas, saber desplegar el más pujante movimiento hasta llegar a los combates decisivos, y de este modo, convertir el partido en una fuerza que imponga a todos los trabajadores y aumente en ellos la confianza en sus propias fuerzas.
Engels nos han enseñado a no envanecerse en los momentos del triunfo ni acobardarnos en los momentos de la derrota temporal. En caso de derrota, no tener miedo a comenzar de nuevo, pero comenzar con fe inquebrantable de que la segunda vez habremos de conseguir la victoria.
Engels nos han enseñado a aplicar aquella política de masas que responde a los intereses más vitales de las más extensas masas trabajadoras y contribuye a la cohesión en torno al proletariado de las masas campesinas y los trabajadores de la ciudad. (….)
Engels nos han enseñado a apreciar serenamente la situación, a no precipitarse antes de arrastrar al movimiento a las extensas masas, pero sin ir tampoco a la zaga de estas masas ni ajustar su táctica a la parte más atrasada de ellas; a saber arrastrar a estas masas hacia adelante con decisión y rapidez de acción, a afianzar todos los éxitos del movimiento, convirtiendo cada uno de éstos en puntos de partida para otros nuevos.
Engels nos han enseñado a luchar palmo a palmo por las conquistas de la clase obrera, a utilizar todas las contradicciones existentes en el campo de los enemigos, no sacrificar jamás el carácter de clase del partido ni los intereses del fortalecimiento del proletariado, estar siempre presentes en aquellas organizaciones en que se halla la masa obrera, aplicar las formas legales e ilegales de lucha, lo que en las actuales circunstancias significa reforzar la organización ilegal ensanchando su influencia legal sobre las masas y ensanchar esta influencia afianzando la organización legal.
Nosotros vivimos y luchamos en una situación incomparablemente más complicada que la que existía en los tiempos de Engels. Pero la riquísima herencia táctica de Engels conserva su importancia para nosotros, aun dentro de esta nueva situación. Los comunistas seguirán inspirándose mucho tiempo en esta herencia y convertirán en realidad, de un modo bolchevique, las indicaciones de Engels.
¿Quiere esto decir que estas indicaciones basten para fijar nuestra táctica? Naturalmente que no. Al igual que Marx, Engels no estaba todavía, por imperio de las condiciones históricas, en situación de crear, y no creó, la ciencia acabada de la estrategia y la táctica del proletariado revolucionario. Pero en la base de esta ciencia, creada por el genio de Lenin y Stalin, se encuentran los más notables pensamientos sobre estrategia y táctica que desarrollaron y encarnaron en la realidad, en la medida de sus fuerzas, los grandes fundadores del comunismo.
(…)

Notas
(1) F. Engels, en Marx-Engels, Gesamtausgabe, t. I, p. 50.
(2) Julio Favre, republicano burgués de Francia; abogado y ministro después del 4 de septiembre de1870, la mano derecha de Thiers, en el aplastamiento de la Comuna.
(3) Félix Pyat, radical pequeñoburgués de Francia.
(4) F. Engels, “Sobre la acción política de la clase obrera”, en Obras escogidas, t. II, cit., pp. 260-261.
(5) Lenin, Obras completas (ed. rusa), t. XVII, p. 30
(6) Marx-Engels, “Cartas a A.Bebel, W. Liebknecht, K. Kautsky y otros (ed. alemana), 1933, pp. 275 y ss.
(7) Lenin, Obras completas (ed. rusa),t. XIX, p. 269.
(8) Marx, Die grosseu Männer des Exils, 1852.
(9) Marx-Engels, “Cartas a A.Bebel, W. Liebknecht, K. Kautsky y otros (ed. alemana), p. 277.
(10) Ibid, p. 163.
(11) Carta de Engels a Bovio del 16 de abril de 1872.

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