Ilia Ehrenburg – Un Escritor en la Revolución


Nota – El siguiente texto ha sido extraído de la obra del escritor soviético Ilia Ehrenburg (1891-1967) “Un escritor en la revolución. Segundo libro de memorias”, Editorial Matéu, Barcelona 1964, pp.212-217, y que refleja el ambiente cultural revolucionario durante los primeros años del poder soviético. La transcripción es de Gran Marcha Hacia el Comunismo. Madrid, mayo 2013.(…)

En aquella época no se tenía tiempo ni papel para escribir en prosa; además la prosa exige cierta experiencia interior, dotes de observación, sentido crítico y ciencia certera en la reflexión acerca de los acontecimientos; la rosa hizo su aparición algunos años después. En cambio la poesía estaba en pleno desarrollo. Ahora se celebra el “Día de la Poesía”; los poetas se exhiben en las librerías y seducen a los coleccionistas de autógrafos. Al comienzo de la revolución se recitaban versos por doquier: en los bulevares, en las estaciones, en medio del frío glacial d las fábricas. No fue un “Día”, sino toda una época de poesía.
Recuerdo que un día se recibió en la Unión de los Poetas una petición: un destacamento del Ejército Rojo que partía hacia el sur para eliminar a los partidarios de Vrangel solicitaba la presencia de Maiakovski, Esenin o cualquier otro poeta para poder escuchar versos antes de partir. Hubo un proceso de la poesía moderna, luego un proceso de imaginismo, e infinitos debates sobre la poesía. Existía una multitud de escuelas literarias: futuristas, imaginistas, expresionistas, fuistas, abstractos, presentistas, accidentalistas e incluso nihilistas. Cierto que los teóricos que hacían uso de la palabra en el café “Dominó” o en la Casa de la Prensa decían muchas tonterías; a menudo la acumulación de palabras insólitas no ocultaba otra cosa que la ambición o el deseo deslumbrar. No obstante, quisiera salir en defensa de aquellos tiempos idos. Al abrir ahora los libros de nuestros poetas, tan conocidos más allá de nuestras fronteras, nos percatamos de cuán bellos poemas fueron escritos en el curso de los años del comunismo de guerra. Jamás vivió la gente tan mal, pero nunca hubo tanto ardor en la creación artística.
Como las casas no ofrecían ningún atractivo y eran oscuras y frías, por la noche la gente invadía los teatros. En escena se agitaban los personajes de Hoffman, Gozzi, Calderón y Shakespeare. Los pintores Vesnín, Yakulov y Exter deslumbraban a los espectadores con la magnificencia de los trajes y de los decorados.
(…) Meierhold presentó en el Teatro de la Revolución El lago de Liul; Tairov realizó El hombre que fue jueves; en el escenario los ascensores subían al cielo, mientras que en Moscú no funcionaban. Los alumnos de la Escuela de Bellas Artes trabajaban en una nueva forma de aparatos telefónicos; pero la mayor pare de los teléfonos de la ciudad no respondían. Recuerdo que durante un ensayo del Misterio bufo, en el Teatro RSFSR, Maikaovski me dijo sonriendo: “Espere; verá en el último acto el mundo del porvenir: rascacielos, tractores eléctricos y gruesos panes de azúcar…”
Liuba era alumna de Rodchenko. Éste dibujaba proyectos cubistas para quioscos de periódicos. Cuarenta años después vi en distintos países quioscos y pabellones de exposición e incluso casas de viviendas que recordaban en forma atenuada los viejos proyectos de Rodchenko. Lisitski anticipaba con sus maquetas el arte librero del futuro. Pero fue Tatlin quien más me impresionó. Su proyecto de monumento a la Tercera Internacional fue expuesto en la Casa de los Sindicatos. Dos cilindros y una pirámide giraban; salas de cristal aparecían ceñidas por una espiral de acero. Los constructivistas hablaban gustosos de lógica y de la utilización del arte para fines prácticos. Según el proyecto de Tatlin, la sala destinada a sede del Consejo de Comisarios del Pueblo debía girar. Desde el punto de vista práctico aquello no tenía ningún sentido, pero representaba el verdadero romanticismo de la época. Permanecí durante largo rato ante aquella gran maqueta; salí a la calle trastornado, con la impresión de haberme acercado a una rendija y haber contemplado el siglo XXI. Ahora pienso que no fue así: simplemente me impresionó la belleza original del proyecto. El arte está al margen de los problemas planteados por el urbanismo del futuro o por la superioridad dela arquitectura industrializada.
(…) En aquella época no existía en la ciudad ningún quiosco, ni cubista, ni ordinario; no leíamos los periódicos durante el almuerzo, sino en la calle, pues los pegaban en los muros. Las fuerzas de Vrangel habían sido derrotadas; habíamos ganado la guerra civil. Durante los “sábados comunistas” [se denominaba así a las prestaciones voluntarias de trabajo] la gente luchaba con gran heroísmo contra el hambre, la destrucción y la miseria. En el mundo se sucedían los acontecimientos más contradictorios. La reacción triunfaba; pero tan pronto estallaba una revuelta en Sajonia, como se declaraban en huelga los mineros ingleses o l India exigía su independencia. La revolución mundial no se nos aparecía como un ideal impreciso, sino como la obra del mañana. (…)
Todo el mundo ansiaba saberlo todo. Existen muchos libros que describen cómo se toman por asalto las fortificaciones, las casamatas, las fortalezas. En aquel entonces el pueblo tomaba por asalto lo conocimientos. Mujeres ancianas se inclinaban sobre los alfabetos. Los manuales escolares llegaron a ser tan raros como los primeros libros impresos. Las universidades estaban atestadas de jóvenes entusiastas. Era imposible encontrar un sitio para escuchar una conferencia; a duras penas se podía entrar en la amplia sala dl Museo Politécnico: era como intentar subir a un tranvía desvencijado. Los conferenciantes se veían desbordados por las preguntas que se les formulaba por escrito. La gente solicitaba informes sobre las huelgas de Westfalia, sobre la teoría de los reflejos de Paulov, el suprematismo, la lucha por el petróleo, la eugenesia, la teoría de la relatividad, las fábricas Ford, la posibilidad de vencer a la muerte, y otros muchos temas.
El camarada Adán consiguió carbón y se comenzó a calentar el Kniazhi Dvor. Por la noche recibíamos en nuestra habitación a algunos amigos. Discutíamos acerca de los acontecimientos mundiales, la lucha entre futuristas e imaginistas, la pintura de Rozanova y de Altman, los montajes escénicos de Meierhold: queríamos volver una página de la historia.
(…) No hay que deplorar aquellos años. Aunque no hayamos sido más que leños arrojados al hogar de la chimenea, ello no ha resultado vano: el fuego ha llameado; su duración fue mucho más larga que la de una vida humana. (…)

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