J. Stalin: A todos los obreros del Cáucaso. Claro resultado de tres meses de lucha (1905)


Nota – El artículo de J. Stalin “A todos los obreros del Cáucaso. Claro resultado de tres meses de lucha” de 26 de marzo de 1905, fue publicado en el libro de L. Beria “Contribución a la historia de las organizaciones bolcheviques en Transcaucasia”, Ediciones del Estado, 1941, pp. 64-68 y reproducido en el libro “La lucha de guerrillas según los clásicos del marxismo-leninismo”, Ediciones Júcar, Madrid, 1979, pp. 108-111.

A TODOS LOS OBREROS DEL CÁUCASO.
CLARO RESULTADO DE TRES MESES DE LUCHA
J. Stalin

Camaradas, sólo han transcurrido unos meses desde que las “nuevas tendencias” se han dejado notar en Rusia. Era el tiempo de las “revelaciones desde la altura”, cuando el famoso Sviatopolk-Mirski proclamaba “la confianza” en el “público”. Era precisamente lo que los liberales esperaban. Su lengua se soltó súbitamente y aquello fue una sucesión de banquetes, veladas, peticiones, etc. “Somos la sal de la tierra, dadnos pues, por amor de Dios, la limosna, de un poco de libertad”, suplicaban al zar; en alguna parte se oyó el clic de los revólveres de los socialistas-revolucionarios y se habló de la llegada de la “primavera”. El zar abarcó todo de una ojeada y sonrió… Pero todo tiene un fin: “Todo aquel ruido interminable” de los liberales terminó por aburrir al zar que gritó severamente: “Silencio, ya está bien de bromas, basta de vociferar”. Y los pobres se callaron y se escondieron por todos los rincones. Así fue como terminó la “revolución” de los liberales. Y el proletariado se calló como sumido en una profunda meditación. Sólo el “turbulento” Bakú no se calmaba. Pero ¿qué significa Bakú comparado con toda Rusia? Su voz confería aún más misterio al silencio del proletariado. “Una calma siniestra” reinaba en la atmósfera. Todos esperaban algo… Y fue precisamente entonces cuando gruño la sublevación de Petersburgo. El proletariado se había sublevado. Trescientos mil proletarios reclamaban “los derechos del hombre”, “¡Libertad o muerte!” Tal era la consigna de los petersburgueses rebelados. Les siguió luego Moscú, Riga, Vilno, Varsovia, Odesa, el Cáucaso; Rusia se transformó en una arena de insurrección. El zar y el proletariado entraban en colisión. Ante esto, el gobierno zarista se batió en retirada. A sus llamadas al orden, a sus balas, el proletariado ruso respondió con un terrible grito de guerra y el gobierno zarista perdió pie. Bajó inmediatamente el tono y comenzó a parlotear sobre ciertas comisiones: elegid vuestros hombres y enviadlos a hablar conmigo de vuestras necesidades, será para mí un placer satisfaceros, etc. Llegó incluso a publicar “proclamas” en que suplicaba al proletariado tener piedad de el y no “rebelarse”. ¿Qué quiere decir esto? Que el proletariado es una fuerza, que el gobierno zarista ve en el proletariado su enemigo más terrible, más implacable, su enterrador, que ese mismo pueblo sobre el que ha disparado, decidirá la suerte de la revolución rusa. El proletariado: he ahí el núcleo que agrupará a todos los descontentos del sistema actual y los conducirá al asalto del zarismo. Analizad los hechos de los últimos meses, considerad con qué veneración los campesinos sublevados de Rusia del Sur, de las regiones del Volga, de Guria, de Mingrelie, de Imeretie, de Kartalini, de Cacecia, de Kizikia consideran al proletariado, escuchad con qué fogosidad repiten las consignas del proletariado: “¡Abajo el gobierno zarista, viva el gobierno del pueblo!” y comprenderéis que el proletariado es precisamente el estandarte de la revolución, su núcleo esencial.
Sí camaradas, el proletariado es el jefe de la revolución, es lo que claramente se destaca en los acontecimientos de los tres últimos meses.
Pero, ¿se ve en el proletariado una aspiración a la revolución, un deseo ardiente de derrocar el gobierno zarista? ¿Piensa utilizar todo su poder? Indaguemos en los hechos. Ha bastado que una señal venga de Petersburgo, que la bandera revolucionaria sea izada para que todo el proletariado de Rusia: rusos, polacos, judíos, georgianos, armenios, tártaros, griegos, etc., todos, como si se hubiera dado la orden, respondan con un saludo fraterno y unánime a la llamada de los obreros de Petersburgo y lance un desafío audaz a la autocracia. “¡No nos callaréis con un aumento de salarios, reclamamos la república democrática!”, decían. ¿Y qué significa todo esto? Que el proletariado no se deja envolver en los lenguajes políticos empleados hasta ahora, que se asfixia y que tiende apasionadamente hacia la revolución, que el grito “¡Muerte o libertad!” sale de lo más profundo de su alma.
Sí, camaradas, el proletariado se precipita hacia la revolución. Esto es lo que claramente se desprende de los tres últimos meses de lucha contra el zarismo.
Pero lo de menos es formular deseos, lo de más el realizarlos. ¿En qué medida estábamos preparados para la revolución? ¿Hemos logrado meternos en la vía directa de la realización de nuestras aspiraciones revolucionarias? Ese es el problema. Veamos de nuevo los hechos. Cuando los camaradas petersburgueses derramaban su sangre y caían en las barricadas, nosotros continuamos en silencio nuestro trabajo cotidiano, y cuando tras un intervalo considerable, hemos roto nuestro silencio y hemos pretendido sostener con nuestra simpatía a los camaradas de Petersburgo, éstos yacían ya en sus frías tumbas. No hemos caminado juntos contra el enemigo; la revolución nos ha encontrado divididos en pequeños fragmentos, y esto ha permitido al gobierno conservar toda su presencia de ánimo, derramar impunemente olas de sangre popular. Si hubiéramos estado organizados en una unión sólida, si hubiéramos tenido a nuestra cabeza un partido único, firme, y si hubiéramos desencadenado al mismo tiempo una ofensiva general contra el enemigo, las cosas habrían sido de otra manera. Pero nada semejante ha ocurrido entre nosotros y ahí reside la causa de nuestro fracaso. De todo esto se desprende que para realizar nuestras aspiraciones revolucionarias necesitamos, más que del aire, de un partido único e indivisible, capaz de agruparnos a su alrededor, de esclarecer nuestro camino y de conducirnos al asalto de la autocracia.
Sí, camaradas, el proletariado precisa un verdadero y poderoso partido dirigente, esto es lo que claramente se desprende delos tres últimos meses de lucha.
Nuestra acción no ha sido simultánea y por eso el gobierno ha conseguido dispersarnos. Hemos caminado sin armas, con las manos vacías y por ello hemos sufrido un fracaso; “Armas, dadnos armas”•, gritaba en su desesperación el proletariado sublevado. A la vista del enemigo le rechinaban los dientes, se lanzaban heroicamente al combare, pero falto de armas fue vencido en la lucha. Y de todo esto se desprende de modo incontestable que ante todo tenemos que armarnos y una vez más desencadenar la ofensiva simultánea contra el enemigo. Organizar la insurrección, esa es nuestra tarea, eso es lo que el proletariado ruso debe hacer. Imaginaos una situación como ésta: supongamos que en algunos centros importantes la insurrección está organizada, es decir, que los comités poseen grupos especiales para trabajar entre los soldados; que “las organizaciones” de combate funcionan; que tienen en la mano armas, bombas, etc.; que se han anudado relaciones con las baterías, con los arsenales; que también existen relaciones con los empleados de la banca estatal, de los P.T.T., que los comités están en contacto con la masa obrera; que la crisis se intensifica y que se revoluciona a los obreros. Supongamos que en alguna parte, en Petersburgo, la bandera de la insurrección se iza como ocurrió el 9 de enero. En ese momento, el partido da la señal y la insurrección comienza. El proletariado armado, puesto en movimiento por la huelga general, ataca los arsenales, las bancas del Estado, las oficinas de correos y telégrafos, los ferrocarriles. Todo esto, se realiza lo más simultáneamente posible en los principales puntos señalados, a fin de que el gobierno no tenga tiempo de tomar “medidas”. Las poblaciones de vanguardia son seguidas por otras poblaciones que arrastran a su vez al campo… Esto es lo que significa organizar la insurrección. Si hasta el presente no nos hemos esforzado en organizarla insurrección, ahora que el proletariado aspira a la revolución, ahora que los intereses de clase del proletariado le obligan a asumir el papel dirigente, el partido del proletariado tiene el deber de organizar la insurrección y de consolidar con ella el terreno de la dirección proletaria.
Sí, camaradas, organizar la insurrección, es el primer deber de nuestro Partido. Esto es lo que claramente se deduce de tres meses de lucha sangrienta.
26 de Marzo de 1905.

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