Extracto del libro “Los Subterráneos de la Libertad” de Jorge Amado

Nota – La página web de los camaradas del Movimiento Estudiantil Popular Revolucionario (MEPR) – Brasil publicó recientemente un extracto del libro del escritor brasileño Jorge Amado “Los Subterráneos de la Libertad – Luz en el túnel (vol. III) que reproducimos a continuación junto con una nota introductoria de los camaradas del MEPR:

En estos tiempos de creciente fascistización del viejo Estado, de prisiones y persecuciones políticas, publicamos un extracto del volumen III “Luz en el túnel”, parte de la trilogía “Los Subterráneos de la Libertad”. Importante obra del escritor de Bahía Jorge Amado (1912-2001), escrita a comienzos de la década de los años 50. El libro retrata, a partir del realismo socialista, mezclando personajes y acontecimiento históricos con ficción, la lucha del clandestino Partido Comunista del Brasil contra el régimen del Estado Nuevo de Getúlio Vargas (1937-1945). En el extracto que publicamos a continuación, el autor relata las torturas cometidas por el Estado brasileño contra el dirigente comunista Carlos Marighella (João), demostrando la superioridad moral de la clase obrera ante la degenerada moral burguesa y su justicia hipócrita.

“(…) El juez era un licenciado con ciertas veleidades intelectuales. En su casa,
los sábados, se reunía una tertulia de amigos para «oír música y discutir».
Elogiaban su integridad y el brillo de sus sentencias. Aquél era el primer proceso
político que tenía que instruir, y les dijo a los amigos que estaba contento. Era una
ocasión para estudiar «la inexplicable psicología de los comunistas». Como muchas
otras personas, había leído y oído mucho sobre los comunistas, sobre la Unión
Soviética. Tenía la cabeza llena de ideas absurdas, pero su curiosidad no era
malsana: quería explicarse a sí mismo la abnegación de aquellos hombres por una
causa que le parecía tan discutible.
Como la policía había dicho que el traslado de los presos era
extremadamente peligroso, había decidido ir a oírles en la propia cárcel. Había
estudiado la documentación enviada por la Delegación de Orden Político y Social,
una serie de acusaciones monstruosas, basadas casi todas en las declaraciones de
los policías. De creer las acusaciones, los procesados eran modelo de depravación
moral. La curiosidad del juez había aumentado, y se dirigió a la cárcel con un
interés especial para oír al primer acusado. Iba a tener materia para apasionantes
discusiones en la tertulia del sábado.
Habían dispuesto un despacho para el juez y sus auxiliares en la
administración de la cárcel. El director se acercó a saludarle y se quedaron
hablando mientras llegaba el preso. El juez mandó llamar al acusado Aguinaldo
Penha, y el director le ordenó a un policía:
—Traiga a João.
Le explicó al juez:
—Usan siempre nombres de guerra.
—¿Y qué hacen en la cárcel?
—Estudian. Los más ilustrados dan charlas para los otros, organizan un
«colectivo»…
—¿Un colectivo? ¿Qué es eso?
El director se rió:
—Un término de su argot. Quiere decir que se organizan colectivamente
para todo: el estudio, el trabajo, para repartir la comida que algunos reciben. La
verdad es que son gente ordenada y con ánimo solidario…
Entró João, seguido de un guardia del presidio. El juez levantó la cabeza y
se estremeció. El rostro flaco del preso estaba aún lleno de cardenales, el labio
apenas cicatrizado, un brazo en cabestrillo.
—¿Se ha hecho daño? —preguntó.
—La policía me apaleó día tras día durante un mes.
El juez inclinó la cabeza sobre los papeles que tenía delante:
—A ver… Se llama usted Aguinaldo Penha… —ante una señal de
asentimiento de João, le invitó—: Siéntese. Vamos a tomarle declaración.
Los funcionarios estaban dispuestos. João quiso saber:
—¿Es usted el juez?
—Sí.
—Sí.
João empezó por protestar contra las violencias y brutalidades de que
habían sido víctimas él y otros detenidos. Su voz martilleaba las palabras. Era una
acusación terrible contra la policía, contra el Estado Novo, contra el fascismo.
Después de las primeras palabras, el mecanógrafo dejó de teclear. Miraba para el
juez como consultando: ¿tengo que escribir esas frases del preso? El juez se quedó
un momento indeciso. El director de la cárcel iba a decir algo, pero João se
adelantó:
—Señor juez, basta mirarme para comprobar las violencias que hemos
sufrido. Si usted no desea ser un cómplice más en la farsa de este proceso, debe
ordenar que quede registrada mi protesta. Y, por otra parte, me niego a efectuar
cualquier otra declaración. Fui objeto de la violencia de la policía, mis compañeros
lo fueron también, y exijo que conste mi protesta y que se abra una investigación
sobre el mal trato que hemos recibido.


El juez miró una vez más al comunista: el rostro amoratado, las manchas
rojas, aquella actitud severa y firme. Dio una orden al mecanógrafo. João continuó.
Durante más de media hora, sonó implacable su voz acusadora. Detalló cada
violencia, habló de los interrogatorios nocturnos, de la ferocidad de los guardias.
Exhibió la mano libre, hinchada por los pisotones recibidos. Mostró el brazo en
cabestrillo, partido a golpes. El juez había perdido aquel aire de agradable
excitación con que había atravesado las puertas de la cárcel. Aquella larga y
detallada descripción de las torturas le hacía estremecerse. El proceso no le parecía
ya tan interesante. João concluyó pidiendo que se abriera una investigación para
comprobar la responsabilidad de la policía. Debía convocarse a los médicos para un
examen pericial y para comprobar en él y en sus compañeros las señales aún
recientes de la violencia. Uno de los presos estaba tuberculoso y había pasado más
de un mes en una celda solitaria, húmeda y casi sin alimento: un verdadero
asesinato. Responsabilizaba de tales crímenes no sólo a la policía, inspectores y
comisarios, sino al gobierno, al dictador personalmente. Más de una vez, en la
parte final de la acusación, el mecanógrafo quedó indeciso, sin saber si escribir o
no. Pero como nada dijo el juez, continuó, cada vez más inclinado sobre la máquina
de escribir, como si quisiera ocultar con su cuerpo aquellas palabras candentes.
—Tomaré providencias… —murmuró el juez cuando João terminó—.
Pasemos ahora a la declaración propiamente dicha. ¿Sabe usted de qué está
acusado?
—No conozco las causas de la acusación.
El juez resumió el contenido del montón de papeles de la policía. Estaba
cada vez más nervioso al comprobar que el detenido no había tenido conocimiento
previo del proceso, ni disponía de abogado. João le hacía ver cada una de esas
ilegalidades y razonaba su protesta. Refutó las acusaciones de la policía, las
denuncias increíbles de Heitor Magalhães. Hizo de nuevo profesión de fe comunista,
asumió la responsabilidad de sus actos como dirigente regional del Partido, pero
negó cualquier otra aclaración sobre sus actividades y las de los demás
compañeros. Leyó atentamente su declaración antes de firmarla, y exigió dos o tres
correcciones en el texto mecanografiado. Cuando todo estuvo terminado, el juez,
ya en tono de charla, le preguntó:
—¿Es usted abogado? Si no lo es, podría serlo, y bueno…
—Soy obrero —respondió João con una nota de orgullo en su voz tranquila.
El juez se reponía de la primera impresión que le había causado el acusado
y la comprobación de las violencias policiales. De nuevo se apoderaba de él la
curiosidad intelectual:
—Pero un obrero instruido. Una excepción en su medio.
—Llegará un día en el que todos los obreros serán instruidos. Serán
abogados y jueces.
El juez sonrió complaciente:
—Tiene usted imaginación.
—¿Imaginación? En la U.R.S.S. ya es así. Y un día lo será aquí también.
—¿Me permite usted unas preguntas de carácter personal? —preguntó el
juez—. Me interesa la psicología y confieso mi curiosidad por ustedes. ¿Qué es lo
que les lleva a dedicar su vida, a sacrificarla incluso, de ese modo? ¿Qué es lo que
usted ve en el comunismo?
—No es ningún sacrificio. No hago ningún sacrificio. Estoy cumpliendo mi
deber de obrero, de dirigente obrero. Lo que usted llama sacrificio es mi razón de
ser. No podría actuar de otra manera sin sentir repugnancia de mí mismo.
—Pero ¿por qué?
—Desde el momento en que me convencí de la verdad de las ideas que
defiendo, sería un miserable si no me dedicara a propagarlas, a luchar por su
victoria. Me sería imposible vivir en paz conmigo mismo. Ni la cárcel, ni las
torturas, pueden hacerme renunciar a mis ideas. Sería como renunciar a mi propia
dignidad de hombre. Yo lucho para transformar la vida de millones de brasileños
que pasan hambre y viven en la miseria. Y esa causa es tan hermosa, señor juez,
tan noble, que por ella un hombre puede soportar la prisión más dura, las torturas
más violentas.
—Yo a eso le llamo fanatismo —dijo el juez—. Ya me habían dicho que
ustedes son unos fanáticos. Ahora, estoy convencido.
—Lo que usted llama fanatismo, es para mí patriotismo, y coherencia
conmigo mismo.
—¿Patriotismo? —la voz del juez era casi una protesta—. Pues resulta una
extraña forma de ser patriota.
—Lo mismo le dijeron los jueces de la corte portuguesa a Tiradentes.
También, para los reyes de Portugal, los hombres que luchaban por la
independencia de Brasil eran unos fanáticos. Pero ellos creían en la justicia de su
causa y eso les daba fuerza, como a mí la certeza de que mi causa es justa.
—Si fuera aún por otra causa… pero por el comunismo… La liquidación de
la personalidad, el hombre reducido a una pieza de la máquina del Estado. Porque
no me negará usted que, con el comunismo, el individuo desaparece para dar lugar
sólo al Estado, transformado en dueño absoluto. Es eso lo que pasa en Rusia,
donde el individuo no cuenta…
João sonrió. No era la primera vez que oía tales palabras:
—Sólo con el socialismo puede el hombre desarrollar íntegramente su
personalidad. Veo que usted desconoce todo lo que se refiere al comunismo y a la
Unión Soviética. Ustedes se contentan con el desarrollo de la personalidad de eso
que llaman élites: las clases dominantes, los ricos. Nosotros hacemos política en
función de los millones y millones de explotados, los que no tendrán la posibilidad
de desarrollar sus cualidades de hombre hasta que la clase obrera tome el poder.
Un hombre con hambre, en una fábrica o en una hacienda, no es libre.
—Por lo visto quiere usted convencerme de que el hombre se hace libre
con la dictadura del proletariado…
—No quiero convencerle de nada, señor juez. Para mí es suficiente que lo
comprendan los obreros. Sí, la dictadura del proletariado libera al hombre de la
miseria, de la ignorancia, de la explotación, del egoísmo, de todas las cadenas con
que lo ata la dictadura de la burguesía y de los latifundistas, a la que ustedes
llaman democracia y que ahora se transforma en fascismo. Democracia para un
grupo, dictadura para las masas. La dictadura del proletariado quiere decir
democracia para las grandes masas.
El juez forzó una sonrisa:
—Ya he leído eso en alguna parte: «tipo superior de democracia…» Llega a
ser divertido. Ni libertad de expresión, ni libertad de crítica, ni libertad de religión.
—Usted está describiendo el Estado Novo y no el régimen socialista —
respondió João—. En un estado socialista, en la U.R.S.S., existe libertad de
expresión, libertad de crítica y libertad de religión. Basta leer la Constitución
soviética. ¿La conoce? Le recomiendo su lectura, señor juez. Para un jurista es
fundamental.
—¿Libertad en Rusia? Será la libertad de ser esclavo del Estado, de
trabajar para los demás. Libertad de no poseer nada, de no ser dueño de nada.
—Sí, la libertad de explotar a los demás, de poseer los medios de
producción no está reconocida en la Unión Soviética. Ésa existe aquí, señor juez,
libertad para los ricos, libertad para unos cuantos. Para los demás, para la inmensa
mayoría de los brasileños, lo que existe es la libertad de pasar hambre y de ser
analfabeto. Y la cárcel y las palizas, y la celda de castigo si se protesta. Olvida
usted que está hablando con un preso, señor juez, con una víctima de sus
libertades. Ustedes se contentan con la libertad para su clase; nosotros queremos
la verdadera libertad: libertad del hombre con el hambre saciada, del hombre libre
de la ignorancia, del hombre con el trabajo garantizado, sin problemas para
sostener a sus hijos. Señor juez, no hable de libertad aquí, en esta cárcel. Aquí,
nuestra libertad vale bien poco. Es abusar de una palabra que para nosotros
comunistas tiene un significado muy concreto.
—No se puede hablar con ustedes. Quieren imponer sus ideas por la
fuerza.
—¿Por la fuerza? —João sonrió nuevamente—. Veo, señor juez, que va a
acabar diciendo que fui yo quien les pegué una paliza a los policías…
—Es usted un hombre inteligente —la voz del juez tomó un tono de amable
consejo—. Hasta resulta difícil creer que sea realmente un obrero. Si abandonara
esas ideas, podría convertirse en un hombre útil al país, quién sabe si incluso no
podría…
—No, no podría, señor juez. Soy comunista, y ése es mi honor, mi orgullo.
No cambio este título por ningún otro —sus ojos se tendieron más allá de los
ventanales del despacho. Se veían, ante los muros, los tejados de las casas en
frente—. Mire, señor juez: aquí, como me ve, entre estas rejas, soy más libre que
usted. Con todas estas huellas de las palizas, soy más feliz que usted. No me gusta
la cárcel, ni celebro haber sido maltratado. Me gusta andar por las calles, respirar el
aire libre. Pero, a pesar de todo eso, no me siento desgraciado. Porque sé que el
mañana será como deseo. Para mi hijo, el mundo será alegre y hermoso. Y para su
hijo también, si lo tiene. Por más que usted trate de impedirlo. No habrá hambre en
ninguna casa, todos los hombres sabrán leer y escribir, desaparecerá la tristeza.
Ya no hablaba siquiera para el juez, era como si hablara para algo que
estaba más allá de los muros de la cárcel. Hasta el mecanógrafo le escuchaba con
interés. Tras un momento de silencio, miró al juez:
—Dentro de poco, señor juez, cuando terminemos esta conversación, usted
volverá a la calle, al aire libre, a su familia. Yo vuelvo al silencio de la celda de
castigo. Pero puedo asegurarle que soy más libre y más feliz que usted.
El juez movió la cabeza:
—Es inútil discutir con ustedes, es inútil…
Cuando se llevaron a João, el director de la cárcel comentó:
—Ésos, son todos así. No pierden ocasión de hacer propaganda. Parece
como si hicieran cursillos de oratoria. Con esa labia deslumbran a la gente. Si uno
no anda con ojo, se deja engañar también…El juez se levantó:
—La verdad es que resulta raro hablar de libertad aquí, defender nuestro
concepto de libertad ante un preso. Sin hablar ya de los métodos de la policía. Es
un absurdo lo que han hecho con ese hombre. ¿Por qué lo han hecho?
—Sin palizas no hablan. Y hasta con palizas es muy raro. Los comunistas
no son gente como la otra, señor juez.
—Sí, sí, no son como los demás… —repitió el juez. (…)”

Para información de nuestros lectores, los tres volúmenes de la obra de Jorge Amado “Los subterráneos de la libertad” están disponibles en español en forma digital en Internet a través de los siguientes enlaces:

Los subterráneos de la libertad – Los ásperos tiempos (vol. I) http://frentepopular.files.wordpress.com/2011/08/01-los-c3a1speros-tiempos.pdf Los subterráneos de la libertad – Agonía de la noche (vol. II) http://frentepopular.files.wordpress.com/2011/08/02-agonc3ada-de-la-noche.pdf Los subterráneos de la libertad – Luz en el túnel (vol. III) http://frentepopular.files.wordpress.com/2011/08/03-luz-en-el-tc3banel.pdf

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