La lucha de clases – Por F. Cañadas


Nota: Reproducimos a continuación el capítulo titulado La lucha de clases del libro de Francisco Cañadas El Comunismo, Publicaciones Mundial, Barcelona 1931, págs. 55-60, que Gran Marcha Hacia el Comunismo hemos transcrito para nuestro blog.

LA LUCHA DE CLASES
Por Francisco Cañadas
La idea de la lucha de clases, o de su antagonismo, se había manifestado sentimentalmente antes de que Marx le diera fundamento científico y forma de estrategia. Es un tópico o poco menos, en todos los escritores utopistas y en idealistas pre-sociológicos del siglo XVIII. Era algo instintivo, un dolor que sentían las muchedumbres en el alma y en la carne y que se extendía entorno de ellas, pero que nadie supo formular y “diagnosticar” claramente antes del marxismo.
Después de Marx, la teoría de la “guerra de clases” no fue sólo una lírica exaltación ni una doctrina abstracta, sino que se convirtió en la base de una organización internacional prepotente, en el lazo de unión de los trabajadores del mundo, en un plan de estrategia comunista y en substancia viva de los movimientos sociales más vastos, profundos y renovadores.
La idea de la lucha de clases se desprende espontáneamente, con jugosa realidad, de las teorías económicas del marxismo.
El hecho social violento que se deriva de tales doctrinas, la crudeza, la trágica impresión que producen en el ánimo del lector atento e imparcial las concepciones económicas del marxismo, son tan inequívocas, tan reales, que aun algunos lectores, que no aceptan íntegramente la labor científica de Marx, están contestes en la exactitud hipotética delos valores que creó y en la coincidencia pasmosa de sus deducciones con la realidad social palpitante.
Las premisas sentadas por el marxismo en el terreno económico, podrán ser más o menos veraces, pero es absolutamente cierto que el capitalismo no ejerce la función social que demandan las nuevas modalidades políticas y sociales, que el obrero no percibe el producto íntegro de su trabajo y que las funciones económicas presentan un aspecto de desigualdad irritante y perturbador en alto grado.
En resumen, el trabajador se ha dado cuenta de que el panorama descubierto por el marxismo es de una exactitud extraordinaria, sorprendente, que los males que él denuncia son los mismos que le desgarran el alma y ofenden su dignidad de hombre, y que son igualmente fidedignos los colores con que pinta los defectos y vicios del régimen capitalista. Ante esta realidad, poco importante que la teoría tenga este o aquel carácter científico, que se amolde más o menos a las exigencias de un método intelectual o de determinada disciplina.
Las consecuencias, y eso es lo que importa, son ciertas, de una absoluta veracidad, puesto que el dolor y la injusticia que denuncian lo hemos sentido todos entrañablemente y surge por doquiera en el ámbito dilatado de las condiciones económicas mundiales.
Aparte de esto, no sería difícil demostrar que el marxismo contienen más dosis de verdad científica que la doctrina smithiana y la de cualquier otra escuela premarxista.
Con las teorías sociales ocurre lo que con los grandes hechos biológicos. Son o no son, y poco importa en este caso que se expliquen de esta o aquella manera. La vida y la muerte son dos realidades absolutas que no necesitan explicación, en tanto que realidades. Y la cuestión social es un fenómeno demasiado característico de nuestros tiempos para que se pretenda disecarlo o definirlo con logaritmos y fórmulas algebraicas o con razonamientos teleológicos.
La lucha de clases es, y contra esta realidad es ocioso que se yergan los polemistas y los reaccionarios.
Pero además de ser, la lucha de clases, no dejará de ser, mientras no se establezca en el mundo la igualdad en las condiciones de existencia humana.
Y esta es la gran lección del marxismo. Parte la idea de la lucha de clases de esta clara, diáfana concepción marxista: En una sociedad donde unos pocos poseen los instrumentos de producción y la mayoría no tiene para vender más que su propia energía activa, los resultados teóricos de la libertad de contratación, que postulan los economistas clásicos, no son prácticamente posibles. El obrero produce más de lo que recibe, luego el capitalista lo despoja de una parte de su producción. El interés del patrono es pagar lo menos posible y lograr el máximo de rendimiento, de beneficio personal, de supervalía [plusvalía]. El interés del obrero es, evidentemente, el opuesto.
De ahí la lucha de clases. El trabajador aislado será siempre la víctima del capitalista prepotente. Debe, por tanto, el obrero, asociarse, para resistir a la voracidad capitalista y defender sus derechos. La defensa de estos derechos le llevará a su emancipación total, mediante el establecimiento de una sociedad en la que los instrumentos de trabajo sean propiedad colectiva y no existan clases desiguales.
La fecunda trascendencia de la teoría de la lucha de clases estriba en que no sólo proporciona el sentido estratégico para una circunstancial defensa de los intereses proletarios, sino que lleva mucho más allá. Percata al obrero de que esta lucha no cesará nunca mientras subsista el más leve vestigio de capitalismo, y que, de consiguiente, debe ser aprovechada la organización obrera para herir de muerte al régimen intolerable de expoliación a que están sometidos y preparar el advenimiento de una sociedad cimentada en la justicia y la igualdad de todos los hombres.
Marx expresa magníficamente esta aspiración en este párrafo: “La revolución de la clase obrera, una clase siempre creciente en número, y disciplinada, unida, organizada, por el propio mecanismo del proceso de la producción capitalista. El monopolio del capital se convierte en una traba puesta al modo de producción que creció y ha florecido con él y bajo sus auspicios. La centralización de los medios de producción y la consiguiente socialización del trabajo, alcanzan un punto que es incompatible con su estructura capitalista. Esta estructura se quiebra en pedazos. Y suena el toque de difuntos para la sociedad capitalista. Los expropiadores son, entonces, expropiados”.

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