El libro negro del capitalismo: Mueren dos niños en un incendio en un taller textil clandestino en Buenos Aires (Argentina)

Nota – Apenas dos años después del derrumbe el 24 de abril de 2013 del edificio Rana Plaza en Savar, en las afueras de Dacca, capital de Bangladesh, y que albergaba cinco talleres de confección de ropa, donde murieron 1.138 personas y más de 2.437 heridas, otra noticia ocurrida esta vez en la capital de Argentina, ha desvelado una vez más la existencia de siniestros talleres textiles clandestinos, verdaderos recintos de esclavitud laboral en pleno siglo veintiuno. Esta vez, en el incendio de uno de estos antros de explotación en el barrio de Flores de Buenos Aires, dos niños, Rodrigo y Orlando, de 7 y 10 años, murieron el pasado 28 de abril de 2015. Reproducimos la noticia que a este respecto publicó el diario “El País” de Madrid de este canallesco suceso, un episodio más que añadir al libro negro del capitalismo.

UN INCENDIO PARA BORRAR LA HUELLAS DE LA EXPLOTACIÓN EN BUENOS AIRES
Carlo E. Cué / Alejandro Rebossio
Buenos Aires
Primero llegó la denuncia de los vecinos de los talleres clandestinos en los que se explota a miles de personas en Buenos Aires. No pasó nada. Después, la semana pasada, en uno de esos talleres murieron dos niños, de 7 y 10 años, atrapados en un incendio. Murieron abrazados con su perro al lado. Era imposible salir: todas las ventanas estaban tapiadas, y en la única salida había una persiana, una reja y una puerta. Se armó un cierto escándalo mediático, pero tampoco pasó nada. Más tarde llegó el lamento del Papa, que nació y vivió en este mismo barrio, Flores, a pocas manzanas de la esquina en la que murieron los críos, hoy decorada con pintadas de “basta de trabajo esclavo”, “ni un pibe menos”, “esta ropa huele a muerte”.
Y ayer por la tarde, con la policía en la puerta teóricamente custodiando el taller, alguien logró incendiarlo de nuevo, esta vez por completo, en un aparente intento de borrar pruebas. “Eso es que detrás de esto tiene que haber una marca importante, si no, no se tomarían la molestia”, se indigna Omar Ruiz, un vecino que lleva años denunciando estos talleres a través de la organización La Alameda, que dirige el concejal Gustavo Vera.
Este grupo ha denunciado a 113 marcas importantes de ropa como beneficiarias de este trabajo esclavo, entre ellas Adidas, Puma y Zara, que rechazan estar involucradas. Los agentes que estaban en la puerta custodiando el taller se hicieron los sorprendidos. ¿Cómo ha podido pasar esto con ustedes delante?, le preguntaron a uno. “Y, yo qué sé, nunca se sabe”, se encogió de hombros. Aunque llegaron dos coches de bomberos, el taller quedó totalmente abrasado y será difícil encontrar pruebas entre los restos.
La Alameda denuncia que la policía está en connivencia con los dueños de los talleres, solo eso explica que no los desmantelen pese a estar identificados. También acusa de inacción al Ayuntamiento de Buenos Aires. Cuando entran en alguno que logran desmantelar, el panorama que encuentran es desolador, explican el activista Omar y su hija: catres apilados, cuchitriles donde viven hasta 20 familias en casas pensadas para una sola. Prácticamente no salen, trabajan sin parar dominados por sus patrones, que les suelen retirar los documentos. Suelen ser casi todos inmigrantes irregulares.
Omar explica que su abrigo de marca cuesta en el mercado 300 euros. Sin embargo, al trabajador que lo hace en uno de estos talleres le pagan 1,50 euros la pieza. En un bar en la misma calle, mientras arde el taller, se oye a un argentino negociando por teléfono: “Tengo 800 camperas [chaquetas], son buenas, tienen la etiqueta de Zara y todo, es un buen negocio”.
En estos centros clandestinos, hasta 3.000 en toda Buenos Aires, dominados por surcoreanos pero con trabajadores en su mayoría bolivianos, se fabrica de todo: piezas buenas de marcas importantes, falsificaciones, y también ropa sin marca. En este país la ropa es muy cara y se ha convertido en un gran negocio.
Se vende en La Salada, el mayor mercado negro de América, y también en la avenida Avellaneda, a menos de 400 metros de los talleres, donde hay más de 2.000 locales y 800 manteros. Toda una industria. Por eso se colocan aquí, tan cerca, en un barrio residencial donde es más fácil ocultar talleres dentro de casas aparentemente normales. La historia de explotación continúa, las huellas del último escándalo ya se han borrado y ahora solo queda esperar al próximo.
(El País, 7 de Mayo 2015)

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