Las grandes lecciones de la Comuna de París (I)

Nota – Con ocasión del 18 de Marzo, fecha en que se cumple el 142º aniversario del alzamiento de la Comuna de París, presentamos la primera parte –la segunda parte lo haremos próximamente- del artículo de Cheng Chih-szu titulado “Las grandes lecciones de la Comuna de París en conmemoración de su nonagésimo aniversario”, publicado originalmente en Revista de Pekín, núm. 16 (15 de abril de 1966), pp. 23-29 (traducido de un artículo de Bandera Roja, núm. 4, 1966) y reproducido en el libro de David Milton, Nancy Milton y Franz Schurmann China Popular, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 1977, pp. 161-172. El texto ha sido transcrito por Gran Marcha Hacia el Comunismo. Marzo 2013.

El proletariado que ha tomado el poder debe impedir que sus órganos de estado se transformen de servidores de la sociedad en dueños de ésta. Debe prohibirse que cuadro alguno de los que trabajan en los organismos del estado proletario desempeñe a la vez varios puestos. Y estos cuadros no gozarán de privilegio especial de ninguna clase.

¿Cómo evitar la degeneración de los órganos estatales de la dictadura del proletariado? En este sentido, la Comuna de París tomó cierto número de providencias exploratorias y adoptó algunas medidas que, pese a su carácter tentativo, tuvieron significación profunda y de largo alcance. Estas medidas no proporcionan importantes revelaciones.
Engels decía: “Contra esta transformación del estado y sus órganos de servidores de la sociedad en dueños de la misma –transformación que hasta ahora ningún estado ha podido evitar- la comuna puso en práctica dos medidas infalibles. En primer lugar, cubrió todos los puestos –administrativos, judiciales y educativos- por elección basada en el sufragio universal de todos los interesados, quienes tenían derecho a destituir a sus representantes en cualquier momento. En segundo lugar, a todos los funcionarios, altos o bajos, se les pagaban los mismos salarios que a los demás trabajadores. El salario más alto que la comuna pagaba a cualquiera era de 6 mil francos. De esta manera se logró poner una barrera eficaz a la caza de puestos y al carrerismo, para no hablare de los mandatos comprometidos y recusables que recibían los delegados a los cuerpos representativos que fueron agregados”.
Las masas fueron los verdaderos dueños en la Comuna de París. Mientras la comuna duró, se organizó a las masas en gran escala y, en sus respectivas organizaciones, discutían importantes asuntos de estado. Cada día asistían a las reuniones de los clubes alrededor de 20.000 activistas, y en ellos hacían proposiciones o adelantaban opiniones críticas sobre asuntos políticos y sociales grandes y pequeños. Asimismo, hacían conocer sus deseos y peticiones por medio de artículos y cartas a las revistas y diarios revolucionarios. Este entusiasmo revolucionario y la iniciativa de las masas fueron la fuente del poder de la comuna.
Los miembros de la comuna tomaban muy en cuenta las opiniones de las masas, asistían a sus reuniones y estudiaban sus cartas. El secretario general del Comité Ejecutivo de la comuna dijo: “Cada día recibimos gran número de propuestas, tanto de palabra como por escrito; algunas provienen de individuos y otras las envían los clubes o las secciones de la Internacional. Estas propuestas suelen ser excelentes y habrán de ser examinadas por la comuna. Muchos decretos importantes de la comuna se basaron en proposiciones hechas por las masas, entre ellos, por ejemplo, el abolir el sistema de altos sueldos para los funcionarios del estado, la cancelación de los atrasos de las rentas, la institución de la educación laica, la abolición del trabajo nocturno de los panaderos y otras muchas más”.
Igualmente, las masas mantienen bajo estricta vigilancia el trabajo de la comuna y el de sus miembros. Una resolución del comité comunal del tercer distrito decía: “El pueblo manda … si los hombres que habéis elegido dan indicios de vacilación o de vejez, no vaciléis en darles un buen empujón hacia adelante, para facilitar la consecución de nuestros fines, es decir, la lucha por nuestros derechos y la consolidación de la República, de manera que triunfe la causa de quienes tienen la razón”. Las masas criticaron a la comuna por no tomar medidas resueltas contra los contrarrevolucionarios, desertores y renegados; por no ejecutar inmediatamente los decretos que ella mima aprobaba y por la desunión entre sus miembros. Por ejemplo, en el número del 27 de abril de Le Père Duchêne aparecía una carta que decía: “De vez en cuando dadles una sacudida, decidles que no se duerman, que no demoren la ejecución de sus propios decretos. Hacedles que acaben con sus querellas particulares, pues sólo por la unanimidad de opiniones, con la fuerza que esto da, podrán defender a la comuna”.
Las providencias para sustituir y destituir a los representantes elegidos que traicionaban los intereses del pueblo no eran simples palabras huecas. De hecho, la comuna destituyó a Blanchet de su puesto de miembro de la comuna por razón de haber sido anteriormente miembro del clero, comerciante y agente secreto. Blanchet se había infiltrado en las filas de la Guardia Nacional durante el sitio de París y logró penetrar en la comuna utilizando un nombre supuesto. La comuna destituyó a Cluseret de su cargo de delegado militar, en vista de que: “El descuido y la negligencia por parte del delegado militar casi condujo a perder el Fuerte de Issy”. Anteriormente, el traidor Lullier había sido también depuesto y arrestado por el Comité Central de la Guardia Nacional.
De igual manera, la Comuna de París acabó resueltamente con todos los privilegios de que gozaban los funcionarios del estado y, en materia de salarios, realizó una reforma de verdadera importancia histórica.
Sabemos que los estados gobernador poa la clase explotadora invariablemente ofrecen a sus funcionarios condiciones de excepción y muchos privilegios, al punto de convertirlos en superseñores que cabalgan cruelmente sobre el pueblo. Situados en sus altas posiciones, gozan de lucrativos sueldos y escarnecen al pueblo: tal es el cuadro que ofrecen los funcionarios de las clases explotadoras. Tomemos como ejemplo el Segundo Imperio francés: el salario anual de los funcionarios era de 30 mil francos para un diputado a la Asamblea Nacional; 50 mil francos para un ministro; 100 mil francos para os miembros del Consejo Privado; 130 mil francos para un Consejero de Estado. Si alguno desempeñaba varios cargos simultáneamente, recibía salarios por todos ellos. Por ejemplo, Rouher, favorito de Napoleón III llegó a ser en cierta ocasión, a la vez, diputado a la Asamblea General, miembro del Consejo Privado, y Consejero de Estado. Su salario anual total llegaba a 260 mil francos. Un obrero parisiense calificado habría de trabajar 150 años para ganar esta cantidad. En cuanto al mismo Napoleón III, el tesoro de la nación le pagaba 25 millones de francos al año, que unidos a otras subvenciones del estado le proporcionaban un ingreso anual de 30 millones.
El proletariado francés detestaba este estado de cosas. Aun antes de fundar la Comuna de París, había demandado en muchas ocasiones que se aboliese el sistema de altos salarios para los funcionarios. Al fundarse la comuna, este deseo largamente acariciado por el pueblo trabajador se hizo realidad. El día 1 de abril se expidió el famoso decreto según el cual el salario anual más elevado que un funcionario podía percibir no habría de exceder 6 mil francos anuales. El decreto declaraba: “Antes, los altos puestos de las instituciones públicas, gracias a los salarios ajenos a ellos, eran objeto de solicitud y concedidos como merced”. Pero “no habrá lugar para sinecuras o altos salarios en una república verdaderamente democrática”. La mencionada suma de 6 mil francos al año equivalía al salario anual de un obrero francés calificado de aquella época. Según el eminente hombre de ciencia Huxley, esto era poco menos que un quinto de lo que percibía un secretario de la junta escolar metropolitana de Londres.

La Comuna de París prohibió a sus funcionarios percibir paga por empleos múltiples, y la decisión del 19 de mayo decía: “Considerando que bajo el sistema de la comuna el sueldo asignado a cada puesto oficial habrá de ser suficiente para permitir desempeñarlo con bienestar y decoro … la comuna resuelve: Queda prohibido pagar cualquier remuneración extraordinaria por trabajar en más de un empleo; los funcionarios de la comuna que sean llamados a prestar otros servicios, además de los habituales (de su cargo), no tienen derecho a ninguna otra remuneración”.
Al mismo tiempo que la comuna abolía los altos salarios y prohibía la percepción de sueldos por desempeñar puestos múltiples, elevaba los más bajos, a modo de estrechar al mínimo las diferencias en la escala de salarios. Tomemos como ejemplo la oficina postal: el sueldo de los empleados peor pagados se aumentó de 800 francos que venían cobrando a 1.200 francos anuales, es decir, un aumento del 50 por ciento, mientras que el sueldo de los funcionarios que percibían más de 6 mil francos al año se redujo a esta cantidad. A fin de asegurar los medios de vida del personal que recibía los salarios inferiores, la Convención prohibió expresamente todo descuento, multa o deducción monetaria.
Los miembros de la comuna fueron ejemplares en cuanto al cumplimiento de las disposiciones relativas a la abolición de privilegios, altos salarios y múltiples sueldos por desempeñar varios cargos. Theisz, miembro de la comuna encargado de la administración de correos, debería haber percibido un salario mensual de 500 francos de acuerdo con las ordenanzas; pero accedió a percibir únicamente 450. Wroblewski, general de la comuna renunció voluntariamente a su paga de oficial y asimismo se negó a mudarse al departamento que se le ofrecía en Los Campos Elíseos. Declaro: “El lugar de un general es con sus soldados”.
El Comité Ejecutivo de la Comuna de París aprobó también una resolución que abolía el grado de general. En su resolución del 6 de abril, el comité decía: “En vista de que el grado de general es incompatible con los principios de organización democrática de la Guardia Nacional … se decide; queda abolido el grado de general.” Es una lástima que esta decisión no se llevara a la práctica.
Los gobernantes del estado recibían salarios equivalentes a los de un obrero calificado; estaban obligados a trabajar más, pero no a cobrar más, y menos aún a gozar de cualquier privilegio. Esto era algo que no tenía precedentes. Verdaderamente trasladaba a la realidad la sobada frase de “un gobierno barato”; desvaneció el aura de “misterio” y “peculiaridad” con que aparecía rodeado el despacho de los asuntos públicos, recurso empleado por la clase explotadora para engañar al pueblo. La comuna convirtió la conducción de los asuntos de estado en una más de las obligaciones del obrero, y transformó a los funcionarios en obreros que empleaban “herramientas especiales”. Pero la mayor importancia de la Comuna de París no radica en lo anterior. Por lo que concierne a la remuneración o recompensa material, creaba las condiciones para evitar la degeneración y corrupción de los funcionarios. Decía Lenin: “Esto, combinado con el principio de designación para los cargos por elección y la posibilidad de destituir a cualquier funcionario público y el pagar a estos por su trabajo de acuerdo con las normas proletarias, no las de la `clase dominante´ burguesa, constituye el ideal de la clase trabajadora”. Añadía: “La abolición de todas las asignaciones para gastos de representación y de todos los privilegios monetarios a los funcionarios, la reducción de la remuneración a todos los servidores del estado al nivel de los salarios de los trabajadores. Esto muestra más claramente que cualquier otra cosa el paso de la democracia burguesa a la proletaria, de la democracia de los opresores a la de las clases oprimidas, del estado como `fuerza especial´ para la supresión de determinada clase a la supresión de los opresores por la fuerza general de la mayoría del pueblo –los obreros y los campesinos. Y precisamente es respecto a este punto importantísimo, tal vez el punto más importante por lo que concierne a la teoría del estado, sobre el que las ideas de Marx se ignoran más completamente… El procedimiento consiste en mantener silencio sobre él, como si fuera un sencillo fragmento de una anticuada `ingenuidad´. “
Y esto es precisamente lo que la banda de dirigentes revisionistas encabezada por Jruschov ha hecho: desdeñar completamente esta importantísima experiencia de la Comuna de París. Ellos corren tras los privilegios, aprovechan su posición privilegiada; convierten las actividades públicas en oportunidades para lograr beneficios personales, apropiarse del fruto del trabajo del pueblo y recibir ingresos 10 y aun 100 veces mayores que los salarios de los obreros y campesinos ordinarios. Desde el punto de vista político hasta el modo de vivir, esta gente ha vuelto sus espaldas al pueblo trabajador e imitado lo que hacen la burguesía y la burocracia capitalista. Con el propósito de reforzar y ampliar la base social de su poder, recurren también al uso de altos salarios, altas recompensas y estipendios y otros diversos métodos que, por medio del dinero, dan origen a un estrato altamente remunerado y privilegiado. Con el fin de corromper por medio del dinero la voluntad revolucionaria del pueblo, hablan ignorantemente acerca de los “incentivos materiales” y afirman que “los rublos son `potentes locomotoras´ y que deben usarse los rublos para educar al pueblo”. Compárese la actividad de los revisionistas de Jruschov con la “ingenuidad” –que así la consideran ellos- de la Comuna de París y se verá claramente lo que significa ser servidores del pueblo o dueños de éste; lo que significa convertir los órganos del estado de servidores de la sociedad en los dueños de ella. ¿Queréis saber cómo es esta dictadura? Engels escribió: “Mirad la Comuna de París. Esto fue la dictadura del proletariado”. Similarmente podríamos preguntar: ¿Queréis saber cómo es una dictadura del proletariado degenerada? Entonces mira el “estado de todo el pueblo” de la Unión Soviética bajo el gobierno de la banda revisionista de Jruschov.

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